El modelo de agricultura familiar que se da en las pequeñas explotaciones es sostenible, respeta el medio ambiente y busca la eficiencia de los recursos que se utilizan como premisa básica de la actividad. Pero también existen dificultades, como la incidencia del cambio climático en los cultivos, la escasez de recursos hídricos, los costes energéticos o la afectación de la fauna salvaje. Ante estos escenarios hay que estar preparados y contar con las herramientas adecuadas para minimizar las consecuencias. Un proceso de adaptación en el que la Política Agrícola Común juega un papel fundamental, pues su contribución para priorizar las buenas prácticas agrícolas que contribuyan a la mitigación del cambio climático es imprescindible. De ello hablamos con representantes del sector, que concuerdan en la necesidad de impulsar un medio rural sostenible y con garantías de futuro. Así como en la importancia del apoyo de las políticas europeas para conseguirlo.
Cristina Fernández comenta que la agricultura y las explotaciones familiares son sistemas de producción de alimentos sostenibles; y deben marcar la diferencia a la hora de avanzar hacia la transición ecológica siguiendo los principios de la economía circular que desde antaño se han venido aplicando en este tipo de actividades familiares. Tanto esta agricultora del Bierzo como la ingeniera técnica agrícola Paula Fernández concuerdan al apuntar hacia la necesidad de incorporar criterios de sostenibilidad que permitan disminuir la cantidad de emisiones de carbono a la atmósfera a niveles que sean lo mínimo posible. Y destacan el revulsivo que la PAC supone en ese sentido. «Nuestra actividad agrícola es captadora de CO2, por lo que alcanzar la neutralidad de emisiones no es un reto imposible».
Potenciar modelos productivos sostenibles es algo que precupa no sólo a los agricultores. También en ganadería la seguridad alimentaria y la preservación de recursos y hábitats están muy presentes. Y es importante conseguir que la sociedad entienda la diferencia entre la actividad tradicional en extensivo que prima en España y las ganaderías industriales intensivas que se desarrollan en otros países no europeos; en los que las carnes producidas están muy lejos de cumplir con los estándares de calidad, seguridad alimentaria y bienestar animal que fija la Unión.
Tal y como destaca Hilario Moliner, ganadero de caprino, «la ganadería tradicional es la única sostenible». Y su papel es fundamental para el futuro del medio rural. «Nuestro modelo de ganadería lucha contra el despoblamiento y fija población en el rural al mismo tiempo que contribuye al mantenimiento del monte, evitando incendios. El punto fuerte de la sostenibilidad de nuestra ganadería es la alimentación, que se realiza en los pastos. Esto reduce mucho los insumos y evita el gasto energético que supone el transporte y cultivo de forrajes de procedencia externa. Tenemos mucho camino andado en términos de transición hacia una economía baja en carbono”, explica.
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